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QUIJOTE DULCINEA 644x362

Cuatro siglos atrás la pluma de Cervantes nos describía al “Caballero de la triste figura” un quijote obsesionado por novelas de caballería que se dirigía a su amada, en tierras de La Mancha de la siguiente manera: "Soberana y alta señora... amada enemiga mía...".


Algo ha cambiado desde entonces a hoy y de La Mancha a El Salvador , cuando y donde el apelativo cariñoso con que se dirige a su consorte, una esposa o novia nacional es "Puchis".


Sin embargo, salva sea la diferencia entre "Alta y dulce señora" o simplemente "Puchis", nada hay más bobo y nada hay más cursi que los apelativos cariñosos que se emplean entre enamorados (ojo, es mi opinión) . Un ensayista de la revista gringa Time justificaba el asunto con la siguiente frase, que puede o no considerarse cierta: "Esos términos son tontos porque los enamorados generalmente son tontos" (ojo, es su opinión).


El problema no tiene solución. Unos optan por los genéricos cursis y otros, para eludir la cursilería, escogen apelativos específicos que acaban siendo tan cursis como los primeros. Me explico. Uno puede decirle a la novia o a la mujer "Cielo”, “Mona” o "Gorda" y con eso lo único que está haciendo es cometiendo un pecado común de cursilería. Hay maneras de agravarlo; la principal de ellas es el diminutivo "Cielito", "Monita" o “Gordita”.

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Entonces de qué manera llama un novio a su amor de ojos café?  La llama "Niña de los ojos café", que sería de una cursilería espantosa aunque reflejara con fidelidad las oculares características de la novia. Simple ..pero cursi.

Pienso también en soluciones que aspiren a vuelos poéticos menos elevados, aunque aludan siempre a una identificación específica del ser amado, una mujer podría llamar a su novio: "Cicatriz", por ejemplo, para llamar al individuo cuya cara ha quedado trajinada de mala manera por culpa de un pleito de cantina o cuya costura de la apendicetomía hizo queloide:


—"Cicatriz", ven a darme un beso...

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La opción suena también bastante cursi, sin mencionar sus implicaciones en el terreno de la crueldad. Y eso no es lo peor. Lo peor es que estos motes cariñosos generalmente sufren un proceso de degradación aún mayor. De "Cicatriz", la víctima pasará a "Cica" y de "Cica" a "Ciquita":

—"Ciquita", ven a darme un beso...

Los salvadoreños hemos encontrado palabras que quieren volverse tiernas al tomar lo que podría ser un pequeño insulto y convertirlo en cariñosísima manera de dirigirse al amado(a). Típica entre todas es la desinencia aplicada a "gorda" o "gordo", expresión se transformó en término fatal con el agregado de la terminación "is", según el amado o amada denota amor:


—"Gordis", vení a darme un beso...


El extendido empleo del "gordis" podría suscitar una empalagosa ola de vocablos similares—defectos evidentes—, tales como "calvis", "panzonis" o "desdentadis".

Y, qué tal el doble "is"?


—"Celulitisis", vení a darme un beso...

A veces, en el interior de nuestra linda Patria, suele oírse y escribirse, de esta manera:

—M'amor, ven a darme un beso...


Pero el "mi amor" no quiere decir ya nada; es apenas una fórmula desgastada que rechazará cualquier novia inteligente. Y en cuanto el "m'amor", padece también el incurable germen de la cursilería.

Otros probaron palabras que quisieron expresar mucho, como "papito" y "mamita", e inclusive el “Babe”,”Baby”, y en comunicación móvil “BB” también se precipitaron en el abismo sin fin de lo cursi.

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Será posible el amor sin cursilería? Dudoso. Se han ensayado toda clase de expedientes sin mayor suceso. Desde deformar cariñosamente un nombre (el Ignacio vuelto "Nancho") hasta enseriar pomposamente un apodo común: a quien todos llaman "Chepe" la esposa resuelve rebautizar con un tierno pero elegante: José María.

Con ello sólo consigue solemnizar la cursilería, pero no desterrarla.

Otros han optado por llamar al cónyuge por el apellido, con resultados discutibles:

—González, venga a darme un beso...


Otras, en el colmo de la desesperación , resolvieron lanzarse de cabeza en la originalidad y llaman a su esposo, si es médico, con el cariño mote de "doctor", o, en casos extremos, por su especialidad:


—Urólogo, ven a darme un beso...


Hay caballeros que escogieron la sobriedad y llamaban a su novia simplemente María. No Maruja, ni Marucha; tampoco "Gordis" ni "Puchis". Sino María.

¿Será que la solución se encuentra en el nombre propio? Quizás en algunos casos. Pero noen todos. Y cada vez en menos, a juzgar por los nombres monstruosos y nombres de bus con que hoy condenan a los recién nacidos en la pila bautismal:

—Glaribel Yohanna, ven a darme un beso...


De todas estas preguntas y respuestas sólo queda una conclusión.

Señoras y señores, no hay remedio: los enamorados estamos condenados a la cursilería.

 

 

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