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asesino1963. Mi inicio como detective, no hacía más de diez días que había abierto oficina, cuando una rara señora de color verde, se convirtió en mi primera cliente:

     Me podría repetir su nombre señora, quizás no lo entendí ?

     Naturaleza joven, me llamo Naturaleza.

     Me imagino que usted es Madre Naturaleza – le dije socarronamente.

     Ay que galante es usted joven, no, yo soy Tía Segunda Naturaleza …Madre no se encarga del trabajo sucio …

     Y el trabajo es ? – pregunté.

     Encontrar y capturar al asesino de los bosques. – me dijo muy en firme la extraña dama verde.

En nuestro país, quedaba poco de bosque … y estoy hablando de la década de los 60s, uno sospecha de inmediato de los aserraderos, pero tras interrogar a un par de responsables descubrí que reforestaban al 5 x 1, o sea árbol talado significaba 5 nuevos árboles sembrados, 50 años más tarde, el Gobierno se había pasado esa ley muy por sus gónadas

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Me dediqué a investigar en zonas donde alguna vez existieron árboles y ya no habían, extraño... todas las zonas eran cercanas a ríos y quebradas llenas de agua (todavía había ríos en el país), no había astillas y percibí un fuerte olor … encontré rastros … ácido sulfúrico.

Entonces tuve que cambiar de sospechoso … siderúrgicas, eran las únicas industrias que ocupaban ese químico … y lo estaban botando en nuestros (entonces) abundantes riachuelos.

Solo había una siderúrgica río arriba, metales y solventes, la fábrica de Herr Kierkegaard, alemán de origen danés que había llegado al país (dicen que ex nazi con un par de lingotes de oro de Hitler, escapado del bunker a tiempo).


     —El bosque está muriendo, señor Kierkegaard. Lo sabe usted?


El señor Kierkegaard me miró desde el fondo de su silla en su despacho.
Durante una fracción de segundo me pareció ver en sus ojos sorpresa. Pero después adquirieron de nuevo ese color opaco, verde, penetrante que tienen los ojos de los alemanes.


—Sí, lo sé— contestó Kierkegaard.

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Por la ventana alcanzaba a divisar las altas chimeneas y los edificios grises de la siderúrgica. De vez en cuando lenguas de fuego que brotaban de las chimeneas, humo, contaminación.


—El bosque de este país se está muriendo —le dije—. Árboles en ruinas, nidos
abandonados, ramas rotas, hojas que se pudren. Mire: la prensa
publicó fotografías.


Tiré encima del escritorio un ejemplar del diario. Había en él un informe gráfico, detallado sobre la muerte del bosque. Kierkegaard se limitó a mirarlo durante un segundo.


—No son las primeras fotografías, Herr Rucks. El bosque de este país lleva
diez años muriéndose, desde que los productores de café decidieron invertir sus regalías y dividendos en industrias; desde hace seis años, ese río inofensivo (era el Río Las Cañas, caudaloso y fresco en aquel entonces) está contaminado, aunque no lo parezca.

Mis sospechas parecían confirmarse. Por qué estaba tan seguro Kierkegaard de las fechas? Yo no las había mencionado. El periódico tampoco se refería a ellas. En ese momento estuve seguro de que Kierkegaard sabía más de lo que me estaba diciendo. Mucho más …


—Señor Kierkegaard —continué—. Tiene usted la más leve presunción
acerca de las causas de la muerte del bosque salvadoreño?

— Lo sabe usted, Herr Rucks?


Me di cuenta de que estaba ante un verdadero profesional del crimen. Un ingeniero químico alemán habría reaccionado de manera distinta, habría mencionado lecturas al respecto; habría alcanzado, incluso, a aventurar alguna hipótesis científica. Supe que tenía que tratarlo como al genio del mal que era.

—Escuche, Kierkegaard —le dije amenazadoramente—. Usted sabe muy bien quién mató al bosque y contaminó el río. No trate de hacer juegos conmigo. Hallé trazas de ácido en el bosque, los laboratorios me lo corroboraron, ácido sulfúrico en el cadáver.

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Kierkegaard regresó a su habitual impasividad. Sin decir palabra descolgó el teléfono, marcó un número y me entregó el auricular.


—Es la estación de policía, Herr Rucks. Me pareció entenderle que
quiere usted denunciar un caso.

—Ah, no Kierkegaard: eso sería demasiado fácil. A usted lo absolverían por falta de pruebas y yo
terminaría implicado en un escándalo.
Puede decirme, por ejemplo, qué estaba haciendo usted el sábado pasado a las cinco de la
tarde?

Kierkegaard hizo gesto de ignorancia.

—No lo recuerdo. Nunca hago nada que valga la pena recordar.
—Pues ayudaré a su memoria, Kierkegaard: el sábado pasado lo vieron a
usted pasear por uno de los bosques que rodean su fábrica.


Kierkegaard no pareció impresionarse.

—Es lo que hago todos los días. Sábados, lunes, miércoles, viernes. Salgo a pasear a mi perro
después del trabajo.


Con un veloz ademán, me hinqué frente a Kierkegaard, le agarré el zapato y le señalé huellas de hierba en la suela.
—Y esto cómo se explica Kierkegaard? Ya paseó a su perro hoy?
—Usted está loco —contestó Kierkegaard y me reventó la cara de un puntapié.

Sangrando, salí de la fábrica con la convicción absoluta de que Kierkegaard era el asesino del bosque. Ya está descubierto.


Ya tenía el arma asesina … ácido. En cuanto al móvil del crimen, dinero o mujeres … siempre es así.

Mientras chorreaba sangre por la nariz, le expliqué a Naturaleza, que aunque lo había descubierto, tenía la sospecha, de que el asesinato de los bosques …

… iba a seguir por años.

 

 

 

 

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