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Antes de llevarle el perro de regalo a mi hija, por ser el día de su cumpleaños, le pregunté a la señora que criaba los cachorros si el animal tenía alguna preferencia especial en materia de aquello que más le gustara.


—Pues —me explicó la señora— le gusta la avena caliente y, eso sí, le fascinan los pericos.


Esa tarde confirmó "Príncipe" (que así lo bautizó mi hija) que lo que la señora decía era
rigurosamente cierto. Se despachó un tarro de avena caliente y luego, en un momento de descuido, se subió a una mesa, abrió la jaula y se tragó los dos pericos australianos que eran, después de su tablet, los amores predilectos de mi hijo.

Tuvimos que regalar a "Príncipe" antes de que mi hijo lo ahogara en el lavarropas, lo detuvimos entre enjuague y centrifugado y salió muy feliz, mojado y con plumas en la boca. Habría llenado de pelos la ropa … entre otras cosas.
El percance de "Príncipe" y los pericos ha sido apenas un incidente más en la larga historia de vicisitudes que han atravesado en mi casa los animales domésticos.

Otra vez fue el incidente de "Gato" y "Perro". A mi hija —que como contaba, siempre soñó con tener un perro— le habían regalado un gato al cual resolvió bautizar "Perro". Después, cuando mi hijo se encontró en la calle un perro abandonado, quiso rendir homenaje a la orfandad onomástica de "Perro", para lo cual bautizó al perro "Gato". "Gato" y "Perro" se odiaban, como perro y gato.

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Cada vez que "Perro" se izaba por las cortinas con el fin de alcanzar la galería de las cortinas, sobre la ventana y largarse a pasear por los tejados, "Gato" lo perseguía ladrando e intentaba morderlo. Eran unos alborotos que hacían saltar de la cama a los vecinos, sobre todo, porque a la usanza de bolos callejeros y diputados en sesiones maratónicas, les gustaba pelearse a altas horas de la madrugada.

Las cosas se habían puesto tensas y, al llegar la asamblea semestral de los vecinos, una bruja que vive a dos casas, propuso a los asistentes el tema de las batallas entre los dos animales. Fue una
catarsis. Todos acabaron quejándose por los ladridos del perro y los maullidos del gato y yo me levanté y defendí a los dos animales.


Dije, vociferante, que mentían de la manera más vil porque en mi casa "Perro" no ladraba, ni "Gato" maullaba, toda vez que "Perro" prefería pasearse por los tejados y el plan favorito de "Gato" era acostarse al pie del sillón de la sala.
El asunto terminó cuando uno de los asistentes sugirió que la asamblea me nombrara oficialmente el psiquiatra y me aconsejara consultar a mi madre, propuesta que los presentes aprobaron por unanimidad.

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Mi hija se ganó en una rifa del colegio, un conejo. Lo bautizó "Rafael Arturo" en honor a un compañerito de la escuela que le gustaba, el tal conejo hizo mil destrozos en casa en una semana. Devoró el relleno de los muebles antiguos e improvisó allí su madriguera. Cierta tarde consiguió perforar, desde dentro, el forro del sofá y sacó la cabeza por entre las piernas sorprendidas de la Tía Inés, quien miró aterrada la irrupción de esa cabeza blanca, como si hubiera brotado alguna nueva y catastrófica enfermedad.
"Rafael " se extraviaba por temporadas; taladraba túneles hasta otras casas, arrasaba con las despensas ajenas y mordisqueaba edredones. Supimos que habían acabado sus retozos el día que la sirvienta de la casa de enfrente tercer piso corrió dando gritos de alarma por los pasillos y
anunciando, escoba en mano, que había matado "un gigantesco ratón blanco, casi un guasalo, señora...".

Nunca le dijimos nada a mi hija …

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La verdad es que hemos tenido poca suerte en esto de las "mascotas". A "Moby Dick", un pescadito dorado que compró mi hijo con sus ahorros, se lo bebió con whisky el tío Arturo, que es medio choco, un día que confundió la jarra del agua con el pequeño acuario que mi hijo había colocado en la sala.

El sábado pasado invitaron al menor de mis hijos a la fiesta de un niño que conoció en el estadio. Tuve a bien llevarlo a la residencia del anfitrión en una de estas urbanizaciones “pipí – cucú” de la salida a La Libertad y me sorprendieron el lujo de la mansión y los varios automóviles con sujetos mal encarados que se hallaban estacionados junto a la casa. Dejé a mi hijo y por la noche apareció absolutamente radiante: se había ganado la rifa de una mascota! Mi hijo la bautizó "Corbata". Y aunque el animal es mucho más callado que "Perro" o "Gato" y no destroza muebles, ya no sabemos qué hacer con él. No es sólo la cantidad de comida que ingiere, ni la capacidad de ensuciar alfombras …

… sino que el techo de mi casa es bajo, las lámparas nos costaron un ojo de la cara y todos nos preguntamos cómo diablos hacer para que la jirafa mantenga el cuello agachado...

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© Daniel Rucks 2017