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ULises

 

 

 

 

A ver si nos entendemos, porque este "deschongue" de la película nos tiene mareados a todos y nadie sabe el final ... tal vez porque por larga, se quedaron dormidos ...

 

 

 

 

 

 

Yo Soy Ulises, rey de Ítaca, si así lo prefiere "Odiseo" (y son exactamente la misma persona: el legendario rey de Ítaca, héroe de la guerra de Troya y protagonista de la Odisea y la Ilíada de Homero. La única diferencia entre ambos nombres es su origen lingüístico: Odiseo es el nombre original en griego antiguo, mientras que Ulises es la adaptación de ese nombre al latín utilizada por los romanos. acabo de regresar a mi patria tras diez años de penoso viaje desde Troya

 

 

 

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Tras un viaje de diez años lleno de penalidades, logré regresar a Ítaca para recuperar a mi esposa y mi trono, codiciado por decenas de pretendientes que lo creen muerto.

 

 

 

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Mi nombre es Ulises, hijo de Laertes y Anticlea, rey de Ítaca. Pero hace veinte años que Ítaca no tiene rey, desde que me vi obligado a partir de esta tierra fértil en trigo y vino, donde la lluvia y el rocío fecundan sus campos y sus bosques y hacen brotar sus fuentes y ríos, abandonando a mi esposa Penélope y a mi hijo Telémaco, para acudir a Ilion al rescate de la bella Helena, la reina de Esparta, secuestrada por el príncipe troyano Paris.

 

 

 

En Troya, luché durante una década en la legendaria guerra que enfrentó a los aqueos con el reino dárdano, junto a los caudillos de toda la hélade, modelos de virtud guerrera: Aquiles, el de los pies ligeros, Patroclo, de corazón valiente, Áyax el grande o el rey de hombres, Agamenón. Sus acciones estaban guiadas por la areté y la andreia, la excelencia y el coraje que los empujaban en la contienda, y una combinación de audacia y arrogancia –la hibris– que los impulsaba a realizar hazañas imposibles, aun poniendo en riesgo de forma temeraria su propia vida.

 

 

 

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La guerra de Troya citó a nobles guerreros que llevaron a cabo hazañas más dignas de héroes semidivinos que de hombres corrientes, tomando ciudades, apresando enemigos o repeliendo ataques en épicos combates. Todos ellos merecen ser recordados hasta el fin de los tiempos.

 

En cambio, yo, y no me avergüenza reconocerlo, nunca he dejado de aceptar mis limitaciones como mortal, confiando en la astucia e, incluso, el engaño –más que el valor o el ardor guerrero– para lograr mis objetivos. Así logré tomar Troya, mediante ardid de introducir el caballo de madera en sus infranqueables murallas, tras diez años de asedio heroico, pero inútil.

 

 

 

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En los campos de batalla de Ilion, Aquiles y Patroclo conocieron una muerte gloriosa, por la que su memoria será ejemplo para generaciones. Yo en cambio, tan solo aspiraba a salir vivo de la guerra, la más brutal de las experiencias a las que puede enfrentarse un hombre, para regresar a mi patria, junto a mi familia, guiado más por un humano instinto de supervivencia, que por la naturaleza heroica que empujaba a los príncipes troyanos Héctor y Paris a buscar un memorable final que hiciera inmortal su recuerdo.

 

Así, tras la guerra, embarqué con una flota de doce naves de regreso a Ítaca. Un viaje que ha durado diez años, convertido en una peripecia en la que hemos luchado contra las fuerzas de la naturaleza, que nos arrastraron de un rincón a otro del Mediterráneo, lejos de la tierra que nos vio nacer y en la que nos esperaban nuestras esposas y familias.

 

 

 

 

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El periplo no ha sido un cúmulo de gestas propias de héroes y dioses, sino, una experiencia muy humana, con momentos de éxito, pero también fracasos sonoros, astutas estratagemas de supervivencia y decisiones erróneas que nos han llevado por caminos de sufrimiento que hemos debido aceptar y afrontar con resiliencia y entereza.

 

 

 

ulises y los pretendientes de penelope

 

Nada más partir de la Tróade, los vientos nos llevaron al país de los cícones, donde saqueamos Ismaro, matamos a sus hombres y tomamos a sus mujeres y sus abundantes riquezas. Pero, en vez de retirarnos a nuestras naves y partir de nuevo, decidimos disfrutar de nuestro botín con un festín en la playa, bebiendo y degollando gran número de carneros, dando tiempo a los cícones a rearmarse y, al ocaso, se lanzaron sobre nosotros, matando a muchos y poniéndonos en fuga apresuradamente al resto.

 

 

 

 

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En la isla de los cíclopes fui capturado junto a una docena de compañeros por Polifemo. Convencido que podríamos derrotarlo por la fuerza, logré engañarlo para darle un bebedizo y, después de cegarle su único ojo logramos escapar de su cueva y proseguir nuestro viaje.

 

Al huir me pudo la soberbia y grite desde mi nave:

 

—¡Cíclope! Si algún mortal te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca.

 

 

 

 

 

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Esta actitud vanidosa a la postre resulto la perdición de mi flota, porque la iracunda e impotente criatura de un ojo reclamó la ayuda de su padre, Poseidón, para que hiciera nuestro viaje un trayecto de penalidades y muerte.

 

 

El rey de los océanos, pues, lanzó toda fuerza de la naturaleza contra nuestra expedición y durante tiempo vagamos por los mares sin rumbo. Recalamos en la isla de los lestrigones, gigantes caníbales que destruyeron todos nuestros barcos excepto la nave que yo comandaba.

 

 

En Ea, la maga Circe transformo a muchos de nosotros en animales. Más adelante, en la isla de las sirenas, mis compañeros tuvieron que atarme al mástil para no sucumbir a sus encantadores cantos y sumergirme en las profundidades.

 

 

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Atravesamos el estrecho protegido por el monstruo Caribdis, cuyos remolinos provocaban el naufragio de los marinos más avezados. Y en Helios, la isla del Sol, mis hombres mataron el ganado sagrado, tras lo que Zeus desencadenó una tormenta que destruyó nuestra nave, quedando yo como único superviviente.

 

 

Resistiendo todos los embates de la naturaleza, contra cuya fuerza los hombres no podemos luchar –tan solo tratar de resistir padeciendo los menos daños posibles– llegué a la patria de los feacios como náufrago. Ellos me brindaron su hospitalidad y me acompañaron finalmente a Ítaca, donde he despertado esta mañana, una década después del inicio de mi viaje en las playas de Troya.

 

 

Pero a esta aventura, lejos de haber acabado, le queda un episodio final, derrotar a todos los pretendientes que desde hace veinte años insisten a mi esposa para que elija a uno de ellos como su marido y usurpar mi reino, convencidos que nunca regresaría de la guerra.

 

 

 

 

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El final

 

 

 

El final de esta epopeya discurrirá, una vez más, entre engaños, traiciones y luchas. Las bajas pasiones humanas que rigen la vida terrenal, muy distintas a las virtuosas acciones de los héroes en cuya perfección –aunque nos guste glosarla– nos cuesta reconocernos a los mortales.

 

Cuando por fin regresó a Ítaca, disfrazado de mendigo, Ulises halló su palacio invadido por pretendientes que cortejaban a Penélope y devoraban sus riquezas.

 

Solo él fue capaz de tensar su viejo arco, la célebre prueba del arco, y recuperar hogar y reino.

 

 

 

 

 

 

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