
En la sala de espera del oculista, Gutiérrez comenzaba a desesperarse, era natural en él, el mundo le parecía cada vez más inverosímil y menos tolerable, desde que le habían detectado esa terrible miopía que le socavaba todo contacto con el mundo exterior.
Para un hombre como él, soltero veterano de 58 años, fanático de la lectura, tenedor de libros de contabilidad, varios campos laborales, afectivos, aspectos de su propio cultivo intelectual se cerraban, con ese maldito diagnóstico de miopía.
Gutiérrez se puso a observar la sala de espera, mientras su suplicio crecía, reparó en una pequeña lámpara de mesa, donde había revistas de esas de consultorio, que solo le interesan al oculista mismo, y cuando dejan de interesarle, las pone en la mesa de espera para que los pacientes se torturen más mientras se torturan esperando.
Gutiérrez pudo observar que la lámpara de mesa, tenía una pantalla estampada repetidamente con unos diminutos grabados ..
Los grabados simbolizaban una flor de lis, sostenida por una niña de unos seis o siete años, caucásica para más datos, sonriente y con un uniforme como de estudiante de escuela primaria de un colegio de características británicas.
El uniforme de la niña, tenía un pequeño escudo bordado en el bolsillo derecho de su chaqueta, el escudo, seguramente el del instituto escolar, era un óvalo que se dividía en seis partes geométricamente no iguales, debido a la superficie del óvalo.
Reparó particularmente en el dibujo del segmento superior izquierdo del escudo, que tenía una embarcación, de velas, seis específicamente en tres mástiles, donde había ciento treinta y seis personas en cubierta, ochenta y seis hombres, diecinueve mujeres y treinta y un niños, al parecer menores de once años.
Uno de los niños, parecía tener en sus manos un libro, que en la portada describía la historia de tres animales del bosque, un ciervo, una lechuza y un manatí, que eran perseguidos por un cazador que portaba una escopeta Smith and Wesson de repetición de seis cartuchos, pero cargada solo con cuatro, era obvio verlo.

El cazador -pudo ver Gutiérrez - llevaba en la solapa izquierda de su chaqueta un símbolo que identificaba a los veteranos de guerra del conflicto Franco – Prusiano en épocas de Napoleón III, éste símbolo se dividía en cuatro cuadrantes.
El cuadrante inferior izquierdo atrajo la visión de Gutiérrez, se veía un campo plagado por luciérnagas, setecientas cincuenta y ocho en total, que con sus vientres luminosos iluminaban el sembradío de trigo de invierno.
Dos de estas luciérnagas se posaban sobre un pedazo de periódico olvidado en el campo, el pedazo de diario era pequeño, pero Gutiérrez pudo leer que era el Königsberg-Zeitung, periódico semanal de la época con un tiraje de mil ochocientos veinte y tres ejemplares.
En la portada del periódico, aparecía el Rey Federico II recibiendo las credenciales de parte del embajador sueco, que le garantizaba su apoyo en la lucha contra los francos. Le sorprendió, ver que un ayudante del embajador, llevaba una corbata verde con un gancho que tenía a su vez grabado, un retrato de Reina Victoria de Inglaterra.

La Reina Victoria, llevaba en sus manos, un abanico, que estaba decorado con motivos japoneses que recordaban un desfile de once mil doscientos treinta y tres asistentes corriendo tras un dragón de papel …
Empezaba a distinguir el plumaje de un ruiseñor grabado en el vestido de una de las damas japoneses asistentes al desfile, cuando la secretaria del oculista le hizo pasar a tratarse…
…su terrible problema de miopía.

Surgieron en aquellos plásticos años de los 80´s, cuando Madonna se envolvía en látex y Prince inhalaba thinner, y alcanzaron a morder los 90´s cuando imperaba la efedrina y Reese Whiterspoon con “Legally Blonde”.
Acerca de la vida del cuarto Emperador Romano, Tiberio Claudio Nerón Germánico (nacido en Lugdunum, la capital de la Galia en tiempos de Augusto -cerca de la actual Lyon- el año 10 a.C.) se conocen, como siempre más lo que se decía de él, de lo que él realmente dijo … o hizo.
Entré a la oficina de Hacienda, de las Tres Torres, con una carta. Se la mostré a una de las empleadas. Ella me dio los timbres y con una sonrisa llamativa me dijo a quien debía entregársela. Sonreía muy bonito … le correspondí también con una sonrisa y ella entonces me repitió a que oficina debía ir, pero no me moví ….