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11de11Último, el peor… y lo más triste… saber que es cierto. “Sos un idiota” piensa uno y todos, y no falta el altanero ganador que palmeándote la espalda, como si fueras un pobre infeliz te dice:

 

─ Muy bien, lo tuyo fue digno─.

“Digno! Qué hijo de puxx! Cómo será lo indigno!”

Crecimos corriendo las calles del barrio con mi hermano, cinco años mayor que yo, siempre fue mi protector, por lo general sin estar presente ya que era famoso por su condición de boxeador callejero de los mejores, se hablaba mucho de su zurda letal, es más, a mí me identificaban con él, solían decirme

─ Ah!… vos sos el hermano del Joaquín Castillo “el Perro salvaje”

Esto me llenaba de orgullo, me agrandaba como maíz que se hace palomita.

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Mi madre, ama de casa de toda la vida, era un ser difícil de describir, para mí no era humana, era un ángel, un Dios, algo divino, no sé cómo definirla, todo cariño y bondad, siempre sonriente, su mirada transmitía paz. Me acuerdo de un compañero de escuela, el “Sapo” Martinez, feo como pocos, conocí solamente una persona más fea que él: su hermana.

Decía el “Sapo”:

-          Las madres y las novias no cagan ni se tiran pedos─, y yo creo que algo de verdad había en esa profunda reflexión.

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Mi padre, era mi ídolo, serio, de pocas palabras pero las justas, cabeza dura como pocos, le decían “Adoquín”, siempre tenía la razón y si no la tenía más testarudo se ponía.

Resulta que una caja de ahorro y crédito, de las que hoy abundan, buscaba mercado en mi pueblo y organizó una serie de carreras atléticas, frente a su flamante sucursal.

Me inscribió mi papá, me tocó la quinta carrera categoría 12 años.

Para entrenar, la caja de ahorro contrató a una rusa: Añuska Brezhneva como entrenadora. Me anoté con mucho entusiasmo, daban dos meses para entrenarse y disponías de las clases de la rusita. Cuando la vi por primera vez casi pierdo el conocimiento… rubia, alta y con shorts apretadísimos que le resaltaban las zonas más … resaltables!

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Iba a entrenamientos solamente para verla, después no hacía un carajo de lo que decía: trotar media hora, elongar, trotar otra media hora, elongar, correr diez minutos, elongar, cinco minutos de carrera intensa y elongar por última vez, una ducha bien caliente y relajación; lo único que hacía yo era tomar una ducha bien fría para quitarme su imagen de mi cerebro, previo a esto ejercitaba mi mano derecha.

El sacerdote del barrio decía que si nos masturbábamos no íbamos a entrar al paraíso, haciendo cálculos… creo, me tocaría el subsuelo del peor infierno.

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Sin exagerar, el día de la carrera, había más de dos mil personas, yo calculo mil chuchos presentes, el olor a mierda aplastada, mezclado con el humo de los puestos de choripanes y ventas de pupusas, producían una atmósfera parecida a una porqueriza.

Ya en la línea de largada con la cabeza baja, mirando el asfalto recé un Ave María muy rápidamente, luego elevé la cabeza y vi a mi madre sonriente y a mi padre serio pero de color azul, eso significaba que estaba orgulloso y feliz.

Sonó el silbato, no sé porqué razón salí a mil, olvidando los consejos de la rusita que decía: “hay que regular las energías “, a los cien metros sentí como un mareo y las piernas me empezaron a pesar … respirar era casi imposible y para colmo esto recién empezaba.

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Vi pasar a mis contrincantes como verdaderas saetas humanas, quedé en el último lugar en forma humillante, último! Último de 11! Me repetía el cerebro, cuando llegué a los doscientos metros era tal mi aturdimiento que casi doy dos vueltas alrededor de la silla, un buen hombre me tomó de los hombros y me orientó diciendo:

─ Dale recto que llegas!─, esto me cayó como una patada en los huevos, me hizo razonar que lo que estaba pasando era real.

Me quedaban doscientos metros de dolor y vergüenza, temblaba como un Cristo en la cruz, mi visión era muy confusa y mi cerebro un caos total. Recorrí los cien primeros metros de la vuelta casi caminando, de vez en cuando levantaba un poco más la pierna derecha para simular un trote que nadie creía. Todos los corredores habían llegado a la meta menos el peor: yo… El ganador esperaba impaciente mi llegada para que concluyera la carrera y así recibir su correspondiente medalla.

EPIC WIN

Alcancé a ver a mi padre entre la muchedumbre, lo miré fijo, noté que su rostro tenía otro color, estaba como morado, vi como sus manos subían para hacer de megáfono y escucho su estruendosa voz decirme:

─    Andá a “estrenar” por la gran puta!

Estas palabras fueron martillazos en mi cabeza, de ahí en adelante no recuerdo nada, es más un amigo me contó que llegué a la meta tipo zombi.

Dos meses estuve sin hablar con mi padre, nos esquivábamos en todo momento, en la mesa el silencio se tocaba con la mano, inclusive no se lo veía borracho, la vergüenza era mutua, hasta que en un almuerzo dominguero decidí romper el hielo diciendo:

-          Papá , no se dice “estrenar” se dice entrenar…

… y mi padre alzó la cabeza y mirándome a los ojos … sonrió.

 

 

 

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