Nos han convertido en cosas, sosas, babosas, otrora hermosas; la contrapropuesta del sapo, un trapo, gusarapo, solapo, esparadrapo …
Tenemos doble identidad, navegamos por la humanidad, en calidad, de cantidad, duplicidad, peculiaridad; dejamos de ser gentes, para convertirnos en entes, dementes, números del uno al veinte, que reviente, el que intente, romper esquemas consecuentes, concluyentes, usted nos es indiferente, hospitales públicos morideros de gente, estamos demasiado ocupados persiguiendo delincuentes, te mienten, no atrapan ninguno aunque lo intenten; lo hacen para disimular, de que vienen a trabajar, y que están muuuuy ocupados en aparentar, nadie está preparado para afrontar, la realidad de navegar, por la vida sin sudar; con actitud nerviosa, nunca se reposa, esta situación ansiosa, adoptamos una cara llorosa, la verdad es dolorosa …
… hemos dejado de ser humanos para ser cualquier cosa.
La verdadera naturaleza del mundo, inmundo, poco fecundo, nauseabundo, la cual circundo, pero siempre confundo, y camino iracundo, furibundo, meditabundo, adoptando hábitos de vagabundo, para no pecar de dundo, en un hábitat moribundo; es reducirnos a una buena zarandeada, masa anulada, realidad mezclada, entregarlo todo para no recibir nada, sobrevive el que cometa menos cagadas, en un mundo de máscaras impostadas, capa y espada, y una tierra que nunca será salvada, arrasada, explotada, depredada, devastada, no esperes súper héroes de portada, esta es nuestra vida desperdiciada … nuestra integridad es materia ociosa …
… hemos dejado de ser humanos para ser cualquier cosa.
Y seguimos vigentes, indolentes, presentes, entre archivos y expedientes, levemente, dementes, inconscientes, vivimos en un bunker transparente, indecente, pinches clientes, piezas de ajedrez inocentes, movidas a su antojo por la ley del más fuerte, materia inerte, cuya única suerte, es llegar al final del día sin haber enfrentado la muerte; Dios provee pero tarda, y yarda a yarda, hay que saltar la barda, para alimentar la familia que uno salvaguarda, rascame la espalda Bernarda, que la Providencia la veo parda, y la burocracia que todo retarda, nos inclina ante la actitud gallarda, del que guarda, cada centavo, cada día nuestra vida alarga … a una existencia casi menesterosa …
… hemos dejado de ser humanos para ser cualquier cosa.
Y gira que gira el carrusel, el ser humano más débil siempre es el más cruel, infiel, papel, la indolencia rueda por nuestra piel, y rebota en tropel, nos moldean con cincel, nos encajan otro arancel, porque así lo determina Él, el que luce corona de laurel; puesto ahí porque nos equivocamos, no pensamos, nos vamos en la de Chicago cuando votamos, no nos bastamos, nunca meditamos, nos achantamos, no somos nosotros los que nos enjaranamos, pero siempre somos los que al final pagamos, no defendemos lo que devengamos, que venga lo que venga y nos persignamos, damos exceso de poder al amo, nos atontamos, escupimos al cielo y no nos fijamos, que nos hacen saltar como fusibles, vendiendo imposibles, somos predecibles, adquiribles, destruibles, excluibles, coercibles … nos convencen con nada y nos compran de manera pasmosa
… hemos dejado de ser humanos para ser cualquier cosa.

El enamorado, despechado y abandonado, aquel que entregó su vida por amor y espera en vano el regreso de quien se fue, el que masculla versos y canciones sin sentido sin sentido y entabla pláticas con el cielo falso, mira fotos viejas y se pone a llorar …

Un día observando por la ventana notó varias estructuras de hierro en color rojo y blanco, parecieran árboles multiplicándose a corta distancia, es una invasión de estructuras de metal muy altas; le pareció extraño, ahora dichas estructuras se combinaban con el paisaje o mejor dicho pasaban a formar parte del paisaje pero de una manera rápida e impuesta, no se adaptaban a las normas de proyección de la ciudad, aparecían y crecían a diario, las estructuras se adaptaban con el cotidiano vivir de las personas.

La creación del Segundo Triunvirato en Roma tenía varias “ocultas intenciones” una de ellas, el Senado quería deshacerse de Octaviano, el heredero más poderoso de César, aliarlo con su rival Marco Antonio, y Marco Lépido, quería deshacerse del mote de “tonto” que tenía en Roma.