Ahora, a pocos segundos que la cimitarra del verdugo me caiga sobre la cabeza, me pongo a pensar que en realidad, casi nadie se va a enterar en la Historia, que soy y pronto fui … emperador de Roma.
Todo fue muy de repente, yo estaba al mando de la XVI legión en Partia, 4500 hombres, y veníamos de regreso a Roma para atrincherarnos en cuarteles de invierno, cuando una intriga palaciega mató al Emperador Domiciano, el último de la dinastía Flavia, y el Imperio quedó acéfalo.
Entonces, mis soldados, decidieron proclamarme “Imperator”, y apoyarme ante la eventualidad de que no había un Emperador y mandaron mis credenciales con su apoyo a caballo reventado hasta la sede del Senado.
Mi nombramiento llegó al Senado, y cuatro días después recibía la aprobación del mismo, con la firma de los trescientos senadores de la época, cuando yo estaba ya llegando a Bitinia con mi legión.
Así, de pronto, el rey Nicomedes III de Bitinia (Esmirna, actual Turquía), se enteró de un día para otro, que no recibía a un general Legionario Romano, sino a Marco Muccio, emperador de Roma, propietario absoluto del mundo.
Los festejos cambiaron y al entrar a Bitinia, la gente salió a las calles, hubo fiesta, flores. El Rey Nicomedes salió a recibirme e hizo el cortejo triunfal conmigo, también su esposa gorda y fea, llamada Azofaifa, típico caso de matrimonio de monarcas entre parientes.
Entonces fue que te vi, en medio del cortejo, radiante y hermosa, una perla entre tantas mujeres bellas de Bitinia y ya no pude mirar hacia otra parte.
Al ver mi interés en ti, mi fiel legionario Ulpio Pertinax me advirtió “Cuidado Imperator, es la favorita del Rey”, lo miré y le dije “No importa, es bellísima… de todas maneras”.
Típico agasajo imperial, al final de la noche, Nicomedes me envió a las mujeres más bellas de su corte para compartir su lecho con el emperador… pero no estabas tú.
“Imposible que envíe a esa belleza, insisto, es su favorita” me repitió Pertinax.
Así que esa noche la pasé con una joven oriunda de Bitinia que era muy bella, pero no pude lograr absolutamente nada con ella, por más esfuerzos y caricias… Hasta el simple momento que cerré mis ojos e imaginé que eras tú y no ella… Entonces la magia se hizo presente …
Le hice el amor frenéticamente, pero a ti… no a ella, que se retiró cansada al amanecer y me dejó sólo, a mí, el hombre más poderoso del mundo… pensando en ti.
No sabía que tu nombre era Marcia, lo supe hasta que me llegó tu nota, breve, pero que encendió mi corazón, era un hecho que no había sido indiferente a tus ojos, así como tú habías copado los míos
Y no pude más… ordené a mi Guardia Pretoriana que provocara una escaramuza con los guardias de Nicomedes, y aprovechando la confusión… llegué a tu habitación…
Tú estabas viendo por la ventana lo que pasaba en el patio y te asustaste, sabías que Nicomedes era feroz y cruel pero no importaba…
Nos miramos, corrimos el uno hacia el otro, te desnudé desesperado, era superior a mí, y tal vez superior a ti también, porque nos despojamos de nuestras ropas fundamentales y en auténtico desgarro de la carne, entré en ti en segundos, me abrazaste fuerte, y creo que no había pasado ni un minuto cuando ambos estallamos… así de urgente … así de necesario …
Caímos ambos, no tanto rendidos como conmocionados, y fue entonces, recién, que me dediqué a que mis romanos labios conocieran tu bitina piel, milímetro por milímetro, mis dedos imperiales conocieron tus monárquicos rincones paso a paso…
Me sentí tan lleno de vida, tan feliz, tan fuera de la realidad que ni me di cuenta cuando entró la Guardia de Nicomedes, me atrapó, me encadenó, yo sin fuerzas no pude hacer nada más que verte …
linda y deseable …
Y terminó de borronear esta historia, porque el verdugo ya esta listo para cortarme la cabeza que rodará por tus pies en algunos segundos y para dejarle al futuro dos mensajes …
Uno, alguna vez fui emperador de Roma …
Dos … más importante,
alguna vez
fui
de
ti
...