Los locos y los psiquiatras somos animales de costumbres. Lo que más nos gusta es hablar por hablar.
El doctor Muriático debería haber sido periodista de esos tipo "Frente a Frente".
Posee los requisitos necesarios para ello: tiene paciencia, sabe preguntar, usa barba, dice mentiras y mastica la punta de los lápices. Por eso me gusta hablar con él, porque no parece nunca apurado por irse. Nuestras charlas parecen una sobremesa de sábado por la tarde.
Él se sienta en su silla, yo en un sofá, y hablamos. Él mastica sus lápices y yo me hago guantes con un hilo blanco hasta que se me quedan los dedos morados por falta de riego.
Formamos un excelente equipo, todo hay que decirlo. Él, cuando está conmigo, trata de no parecer un doctor. Y yo hago muchos esfuerzos para no parecer un loco. Si nos ve alguien de fuera diría que somos dos hipócritas, pero en realidad (me parece) estamos un poco hartos de lo que nos ha tocado ser.

Yo quisiera no estar loco. Quisiera no estar aquí encerrado todo el día, por ejemplo. Y al doctor Murático le ocurre otro tanto: él querría no ser doctor y querría no estar aquí encerrado todas las tardes.
Los doctores de los hospitales son un enfermo más, con la diferencia de que a final de mes, en lugar de un paseo por el parque, les dan un sobre con dinero. (Tampoco vaya a creer que mucho).
Es fácil hacer amigos dentro de cuatro paredes. Lo complicado es tener un amigo que puede salir a la calle, volver otro día y contarte las cosas que ocurren fuera. El doctor Muriático es, en ese sentido, mi única conexión con el mundo real.

¿Pero es mi amigo?
En la sesión de ayer se lo pregunté; sin medias tintas, a bocajarro:
—Si un día te sacas la lotería y dejas de trabajar de doctor, ¿vendrías a verme alguna vez porque sí, por amistad?
Él se quedó un segundo en silencio, mordiendo el lápiz. Me miró a los ojos:
—Creo que no, David —me dijo.
—¿No vendrías?
—Si un día pudiera dejar este trabajo, no pisaría el hospital nunca más. Ni por ti.
Nos quedamos los dos en silencio un buen rato.

—¿Y tú? —me preguntó él— Si un día te vuelves "normal" y te dejan salir de aquí, ¿vendrías a visitarme alguna vez?
Me quedé pensando un segundo:
—Ni borracho, doctor.
Nos reímos.
Después, antes de acabar la sesión, acordamos lo siguiente: si un día a él le toca la lotería y a mí me declaran normalito, nos encontraremos en un bar todos los martes, jueves y sábados, y conversaremos cincuenta minutos cada vez.
Sin temas planificados, porque lo que más nos gusta es hablar x hablar.
Aunque pueda parecer extraño, los terremotos que han causado mayor cantidad de muertos en la Historia, ocurrieron en tiempos antiguos, consideremos como tal, antes del siglo XX … porqué?

Un virus que ataca algas verdes (ojo, dije algas, no nalgas … no sea tan xxx, aparte donde las va a encontrar verdes ?), es el mismo que nos ataca a seres humanos a nivel cerebral y nos deja parcialmente idiotas … a algunos, quitándole lo “parcialmente”.

“No me miren de frente sino tangencialmente, soy un diputado, un quirite al decir del Antiguo Senado Romano, ocupo una curul tal como en épocas del gran Cicerón cuyo ejemplo me motiva …
aunque su austeridad, ejem, no la imito.