
Observaba esos cuadernos,
Observaba esas palabras ...
Observé el diario aquel...
Donde escribí cada detalle,
Corrí y desbaraté cada página,
no necesito de un diario
para recordar nuestra historia,
esa ha quedado marcada
en cada espacio de mi piel...
En las gotas de rocío
que brotan del alma
y cristalizadas tocan mis mejillas,
Cuando con el tiempo
mi corazón se acelera
y deja escapar vientos de nostalgia,
lo que algunos llaman suspiros,
esos, llenos de intriga y ansiedades.
Rompes mi silencio con tu mirada,
brota de mis labios la sonrisa justa,
la que dice en secreto, “bésame,
devórame y róbame el aliento”
hasta el final de este encuentro tribal,
más que pecado se ha convertido en ritual,
tu cuerpo es la ofrenda y mi alma el sacrificio
aunque pase el tiempo y mueran los años,
mi corazón morirá contigo,
mi cuerpo vuelto un ermitaño.
La señorita se llamaba Amanda, tenía el pelo largo y recogido en una cola de caballo. Llevaba una mochila pequeña en la espalda. Pasó llorando por el andén izquierdo de la estación del metro, y de las diecisiete personas que cruzó en el camino, doce la escucharon llorar claramente, porque no era un llanto contenido; era un desahogo ... desgarrador.

Lo que hoy es tan sencillo, simplemente apretar un tubo del que obtenemos la cantidad exacta que necesitamos para mantener nuestros dientes sanos y limpios, hace siglos tuvo su larga historia y variantes.
Contrario a lo que podrían suponer nuestros lectores, bue … más bien lectoras, Cristian Mamey era un exitoso y joven empresario …