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lg f575cd23b596b2Cuando tenía once años tuve la suerte de conocer, tal vez, al personaje más icónico de mi vida, el que me iba a marcar, a su vez, el resto de mi existencia.

Fue durante unas vacaciones en San Antonio, un diminuto pueblo medio pesquero y medio playero en la costa oriental. Mi familia alquilaba un segundo piso sobre la panadería de la Familia Zuzunaga. Mi habitación asomaba a la calle principal, una línea flaca y solitaria sobre la que reposaba todo el pueblo, a lo lejos el mar.

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Los Zuzunaga eran gente simpática, y siempre que podían nos invitaban a comer con ellos. Durante las comidas mis padres aprovechaban la charla entre adultos para aburrirme y mantenerme quietito; y por si acaso, me sentaban al lado a la abuela de los Zuzunaga, Doña Segunda.

Doña Segunda en esa época debía rebalsar los noventa años, y en la playa la gente decía que nadie había visto morir más gente en San Antonio que doña Segunda: despidió y enterró a cinco generaciones completas de Zuzunaga, a tres sepultureros del pueblo y hasta a dos de sus hijos.

Los velorios eran su pasión, su razón de ser, su vida …

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Además era la sensación de las fiestas, porque era re simpática y re chistosa, se caracajeaba con su boca donde sobrevivían aun un par de dientes … tenía una gran ventaja a su favor, ellos ofrecían el catering en todo evento, así que con su alegría natural y risas en sonido Dolby, para las fiestas la contrataban y en los velorios la prohibían.

Contaba chistes de los más sanos hasta los más léperos que uno se pueda imaginar, su tarea era simpática: la gente la invitaba para que narrara las mejores anécdotas sobre los difuntos del pueblo, e incluso contar uno que otro chiste para levantar el ánimo de los dolientes.

Con ella y sus carcajadas volumen 10, cada funeral se transformaba en un evento social.

-          Y Jaimito … ya tenés novia? – me preguntaba.

-          No no no Doña Segunda … todavía no – tartamudeaba yo

-          Pero ya mojaste verdad?

-          Que queeeee ?…. – preguntaba sorprendido

-          Que si ya la metiste baboso ! – y se tiraba una carcajada en medio del almuerzo, que dejaba mudo a todo el mundo.

Yo quedaba colorado como zipper de pantalón de ladrillero … no podía dejar de contenerme la risa.

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Yo todavía era un niño estaba obligado a escucharla y mover la cabeza a su ritmo.

Una tarde mirábamos el mar en silencio, y ella volvió a insistir con la chaqueta, con las novias, con perder la virginidad, con aprender a usar preservativos, es más, ya como a los 12 años, ella me acompañó a la farmacia a comprar mis primeros condones, a mi daba pena.

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Me hablaba de la ética de los velorios, de que siempre hay que apagar el celular, que hay que hablar en voz baja y por sobre todo, solo dar el pésame después de ver el féretro. “Si es posible, lo primero es ir directo a ver al muerto”- dijo y se volvió a carcajear.

Todo empezó un día que la invitaron al velorio de una vecina. Ella pensó que sería Gladys, una mujer que conoció cuando todavía vivía Tacho, su marido, por lo que dejó que los empleados se encargaran de todos los detalles. Apenas terminaron de almorzar, subimos todos a la camioneta de la panadería y llegamos antes que todos. Sus empleados necesitaban dejar todo listo para el evento, así que la dejaron esperando en el salón. Todavía no llegaba ni el cajón, me dijo, y lo único que podía hacer era mirar una horrible cortina amarilla de la salita.

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Contó una o dos historias, tres chistes hasta que trajeron el ataúd. Me pidió llevarla hasta el féretro, y mientras más se acercaba al ataúd más y más personas la detenían para saludarla. Casi no conocía a ninguna de esas personas, y eran tantas que hasta la propia difunta se volvió una desconocida y no lograba identificarla. Culpó de la confusión a los constantes saludos o al insoportable calor; pero aún de cerca la muerta seguía siendo la misma extraña. Me aseguró que aquella no era la nariz de la Gladys.

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No había dudas: se había confundido de muerto. Se empezó a matar de la risa otra vez … Como hago ahora para contar anécdotas de una muerta que no conozco?

Pensó que todos disfrutan de una buena historia, y eso fue lo que ella decidió darles … inventada por supuesto.

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Y continuó por una hora más, hasta que sus propias historias comenzaron a causarle problemas. El problema, en principio, no fue que no le creyeran; sino que tuviera razón. No en todas, pero sí en las suficientes. Por ejemplo, una señora escuchó la anécdota sobre un hombre de la capital que visitaba mucho a su abuela con una novia muy jovencita, que parece era su amante. Algunos rasgos vagos la convencieron de que se trataba de su marido, y la confrontación creció en intensidad hasta que tuvieron que continuarlo en el patio, empezaron dos señoras a agarrarse a cachetadas, sus esposos a pegarse entre ellos, volaban las tazas de café, un sobrino voló de una trompada por encima del ataúd, y los panecillos con jalea y chispas de marshmallow terminaron pegados a las ventanas, la cortina amarilla y al crucifijo …

Por eso dejaron de invitarla a los velorios, pedían el catering sin Doña Segunda, por favor …

La última vacación la encontré muy triste y decaída …

-         Si sigo así, el único funeral al que voy a asistir va a ser al mío propio ….

Y así fue …

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