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Cuando yo era niño, mi padre, antes de enviudar, antes de los meses que pasó visitando día tras día a mi madre en el sanatorio mental, del que nos referiremos y hablaremos mas tarde ...

 

 

… trajo a su hermana, mi Tía Greta, para cuidarnos a mi hermana y a mi, se pasaba las tardes oyendo lo que pasaba en la casa de al lado.

Ponía un vaso contra la pared y luego la oreja en la base, para amplificar las intimidades de los vecinos. Para mi Tía Greta no había mejor chambre que lo que ocurría en la familia Estévez. La recuerdo sentada en una silla, con los guantes de lavar puestos, oyendo las miserias ajenas con los ojos cerrados.

 

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Si yo la perturbaba con preguntas, o la desconcentraba de su tarea de espía doméstica, me daba un vaso plegable y me decía:

«Hijo, vete a tu cuarto a escuchar lo que está haciendo tu vecinito».

A la hora de la cena, mi Tía Greta traía la carne estofada a la mesa, se sentaba en la cabecera, daba las gracias a Dios por los alimentos y le contaba a mi padre, con lujo de detalles, lo que había ocurrido en la casa de los Estevez durante el día.

La señora Estévez, según mi Tía Greta lloraba por los rincones a causa de la infidelidad de su esposo, era un coscolino.

 

 

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La hija mayor de los Estévez, según mi tía, metía a su novio en la habitación cuando los padres se ausentaban y se oían gemidos.

El hijo menor de los ,Estévez según mi tia, mantenía relaciones íntimas con la empleada de los Estevez y además robaba las alhajas de la señora y se las vendía a un rumano.

Etcétera.

Mi padre no escuchaba a mi Tía Greta. Bueno, en realidad sí la escuchaba, pero no le prestaba atención. Los chambres eran como los vómitos en un viaje en barco: un mal necesario que indicaba que todavía no nos habíamos ahogado.

 

 

 

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Yo tampoco prestaba atención a mi tía Greta, pero no tenía la opción de irme de casa todo el día para descansar de ella, como hacía mi padre. Yo debía soportarla horas enteras contándome la vida y la obra de los Estevez .

 

Una tarde llegó mi padre a casa harto de todo; harto de mi tía y de sus conversaciones nocturnas, harto de la rutina tediosa de las cenas, y harto de la familia que le había tocado. Mi padre le puso punto y final a todo aquello.

 

 

 

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Nos compró un televisor.

Con la llegada de la tele, Greta dejó de espiar a la familia Estévez y comenzó a interesarse por las mezquindades de la gente famosa. Supo entonces qué hacían debajo de las sábanas los hermanastros de los influencers, dónde escondían las tangas sucias las cuñadas de las "divas", a quién le ponían los cuernos las hermanas de los actores y dónde ocurrían los revolcones de las modelos con los dueños de los equipos de fútbol.

 

 

 

 

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Yo pensé que por fin me había librado de mi mala suerte, pero no fue así.

Como ahora el vaso ya no le hacía falta para espiar, mi Tia Greta comenzó a llenarlo de whisky desde las tres de la tarde hasta el comienzo de los informativos de las ocho.

 

 

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Entonces, si yo la perturbaba con preguntas o la distraía de su tarea de espectadora, me decía:

— Matías, andá a la pared del comedor a oír qué programa están viendo los Estévez. Y de paso me traes mis cigarrillos de la cocina.

A veces, cuando me vienen estos recuerdos, pienso que estar aquí encerrado en el anteriormente Citado Nosocomio, con especialidad en salud mental

.. acabará siendo una bendición

 

 

 

 

 

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