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Rigoberto empezaba a tener sobrepeso, fumaba como un sapo y estaba a punto de cumplir cuarenta y cinco años; es decir, tenía la edad exacta en la que se infartan los fumadores gordos y se mueren de camino al hospital.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Tampoco hacía ejercicio físico; solamente caminaba tres o cuatro pasos cuando le ponían la comida rica un poco más lejos de lo habitual. Era obvio que iba a tener un infarto salvaje,  y que me iba a morir bastante joven.
Pero por alguna razón se salvó.  Nadie entiende por qué.
 
 
 
 
 
gordo sin sal
 
 
 
 
 
 
Hasta hace unos días su vida era inconsciente y maravillosa. Ahora tiene que tomar siete pastillas cuando se despierta, ver doctores y hablar con ellos (nunca había visto a ninguno de cerca), caminar cuarenta minutos al día, y sobre todo: escribir sin fumar.
 
 
 
Este texto Rigoberto tiene que entregarlo en unas horas. Son alrededor de mil doscientas palabras y no está acostumbrado a semejante presión. Desde que tiene memoria escribe y fuma al mismo tiempo, como si las dos actividades fueran una sola. Seguramente le saldrá una mierda horrible de autoayuda o una biografía de Shakira que es lo mismo
 
 
 
 
Por lo que Rigoberto sabía, los escritores que dejan de fumar, o los que viajan de repente a la India, o los que empiezan a creer que su vida se está enderezando, se convierten en imbéciles sin remedio, imbéciles de autoayuda.
 
 
 
 
 
185053400 man writer character at typewriter with smoking pipe writing book engaged in creative literary work
 
 
 
 
Para Rigoberto, que es hijo de los malos hábitos, escribir sin fumar es como andar en bicicleta sin manos. No es imposible hacerlo (de hecho tarde o temprano se logra), pero te das cuenta enseguida de que no vas nunca a donde se te antoja, sino a donde te llevan las ruedas.
 
 
La bicicleta va sola, no la podés manejar. Y además, ¿para qué intentarlo? Ir en bicicleta debería ser una aventura, no una acrobacia. Del mismo modo que escribir debería ser un destino, y no un malabar de circo.
 
 
 
 
 
 
Bici
 
 
 
 
 
Hasta ayer, cuando Rigoberto escribía y fumaba, era feliz. El cerebro le dibujaba una parábola de nicotina que se esparcía en la mesa con placer. Se acomodaba en ese colchón de humo y después, con alegría, soltaba  ideas y argumentos.
 
 
Antes de prender el cigarro todo es precalentamiento. Antes de fumar se puede decidir el tema de la historia, se pueden acomodar los lápices del escritorio, se puede elegir el tipo de letra, se puede ver porno diciendo que es un modo de relajarse, se puede anotar algo en una libreta para que dé la sensación de que uno es todavía analógico.
 
 
 
 
 
cigarrete
 
 
 
 
 
Y aunque Rigoberto sabe  todo esto,  tiene que escribir esta columna sin una sola pitada, porque el doctor que le salvó la vida me dijo que si vuelvo a ponerle sal a los almuerzos, o que si fuma un cigarro más, cae redondo en la calle y me muero como un miserable y ya no hay nadie que me pueda salvar.
Rigoberto llevaba cuarenta años sin entrar a una consulta médica (la última vez fue para que le quitaran las amígdalas,  tenía cuatro años). Su cuerpo no conocía los diagnósticos ni los chequeos.
 
Después del infarto, cuando lograron reanimarlo, le preguntaron si  era hipertenso, quisieron saber si era diabético, consultaron sobre su colesterol. 
 
 
«No tengo la menor idea porque nunca fui al doctor». Y se los decía con orgullo, en sus propias batas blancas.
 
 
 
 
dres
 
 
 
 
 
 
Hasta la semana pasada, ir al médico era para Rigoberto una superstición. ¿Para qué sacar turno, si era obvio que le iban a encontrar todos los males del mundo? Ir al médico era lo mismo que comprar todos los números de la lotería del cáncer.
Iba a entrar inmortal a la salita de espera, y después iba a salir con la certeza de la muerte en la espalda. ¿Para qué hacerse mala sangre? Rihoberto prefirió siempre que la muerte le llegara de imprevisto. Los médicos lo único que hacen es ponerte la segunda fecha en la Wikipedia.
 
 
 
 
 
 
 
insolación
 
 
Desde hoy, Rigoberto es como esos pintores que pierden los brazos y empiezan a dibujar con los pies. Nunca serán los mismo cuadros, pero la gente los comprará para Navidad, y todos dirán: «Pobre muchacho, qué mal dibuja con los pies, pero cuánta voluntad que le está poniendo a su vida de mierda».
 
En el momento en que Rigoberto se infartó supo que, si no se moría, lo próximo que iba a escribir sería un texto triste y sin gracia, un texto libre de humo como los bares de este siglo.
 
 
Un libro de horóscopos, un "Como recuperar su pareja"   o esas inmundicias ....
 
 
 
 
 
 
 
 

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