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Pocas historias olímpicas, me han seguido repercutiendo tanto, a lo largo de los años, a nivel personal, como la maratón que ganó, en Londres 1908, pero no resultó ganador, Dorando Pietri.

Fue en esta maratón de Londres, donde se determinó la distancia de 42.195 kilómetros que terminaría siendo la distancia oficial de las maratones, y que no tenía nada que ver con la distancia entre las ciudades de Marathon y Atenas, que era solo de 38 kilómetros.

La verdad y la leyenda.

El general ateniense Milíciades el joven, decidió enviar un mensajero a dar la noticia de su triunfo sobre los persas a Atenas, la polis griega. Y aquí se mezcla la historia con la leyenda: Phillípides, además de haber estado combatiendo un día entero, tuvo que recorrer una distancia entre 30 y 35 km, para dar la noticia, puesto que la ciudad de Marathon está al noroeste de Atenas, a no mucha distancia. Tomó tanto empeño en llegar a su destino a la mayor brevedad que, cuando llegó y cayó agotado, sólo pudo decir: "Niké" (nombre de la diosa de la Victoria).

La verdad es que se determinó esta distancia, 42. 195 kms. porque el Rey Eduardo VII quería ver la salida de la maratón y como no se podía trasladar a zonas públicas si no era con grandes aspavientos de Corte y seguridad, la salida se trasladó al Castillo de Windsor, donde la familia Real vio la salida desde los balcones, y cuya distancia al Estadio Sheperd Bush de meta, era de 42.195 kms.

Dorando Pietri.

Dorando Pietri, no era corredor, no era atleta, trabajaba en una fábrica de Reggio Emilia, cuando un grupo de amigos, al verlo veloz, menudo, ágil, lo impulsan con 19 años, a tomar parte de una carrera que consistía en vencer a Pericle Pagliani, el atleta más famoso de Italia en aquella época. Pietri, convencido por sus amigos, participa vestido con su ropa de trabajo, y a punto está de derrotar a Pagliani. Animado por este inesperado éxito, participa luego en los 3000 ms de Bologna y adquiere carácter de “héroe popular”.

Comienza a entrenar, y participa en los 30 kms de París, donde gana, en 1896, clasifica a Atenas, la primera justa olímpica del tiempo moderno, y cuando va encabezando la maratón por cinco minutos, Dorando abandona por un problema gastrointestinal.

Londres 1908.

El 24 de julio arranca la maratón de esos primeros olímpicos de Londres, sale encabezando el canadiense (de tribu piel roja) Tom Longboat, pero el calor era insoportable y de los 56 participantes, solo la mitad logró llegar al final, Longboat quedó en el camino.

Toma la punta el sudafricano Charles Hefferson, quien al paso por el kilómetro 30 aventaja en más de cuatro minutos al segundo clasificado, el italiano Dorando Pietri; algo más atrás, transita el joven norteamericano John Hayes. Pero Hefferson sufre una terrible crisis de insolación y falta de líquidos, mientras el pequeño y fornido atleta italiano (1,59 metros; 60 kilos de peso) avanza con paso firme, dando sensación de una gran frescura. En el kilómetro 38 le alcanza y acelera de nuevo; al paso por el 40, Pietri transita en solitario con una amplísima ventaja, Dorando va en busca de en busca de la victoria, a tan solo dos kilómetros de la meta.

Entrada al estadio.

Sus últimos metros resultan dramáticos. Al entrar al Sheperd Bush Stadium, Dorando está totalmente groggy, desorientado y con el rostro desencajado, toma el sentido equivocado de la pista y debe ser redirigido por los jueces. Inconsciente y con pasos erráticos, se tambalea y cae sobre la pista una y otra vez. Cae y se levanta, así hasta cuatro veces, y en cada ocasión debe ser ayudado por varios jueces y un médico.

Esto lejos de ayudar lo aniquila, las consecuencias serán letales, le ponen en pie, le reaniman, le dan masajes, le orientan a meta… Su última recta en un calvario, pero Pietri se resiste a retirarse. Cae por última vez a cinco metros de la llegada, justo en el momento en que el estadounidense John Hayes entra en el estadio olímpico. El público asiste a la escena con el corazón encogido.

Tarda más de nueve minutos en recorrer los últimos 350 metros, y cruza la línea de meta en un tiempo de 2h 54´46”, ayudado y sujetado por un juez, en una de las imágenes más famosas de la historia del olimpismo. Nada más llegar se desploma y permanece un tiempo tendido en el suelo, auxiliado por médicos y organizadores, se le llega a declarar muerto, en medio de aquel desbarajuste.

Pocos segundos después llega a meta Hayes, y tras él lo harían Hefferson y otros dos norteamericanos (Frenshaw y Welton). Inmediatamente, la delegación estadounidense presenta una reclamación por la ayuda recibida por Pietri, quien es descalificado, las reglas olímpicas así lo estipulan, nada de ayuda. Hayes se convertiría en el ganador oficial de aquel maratón.

Pero el verdadero héroe sería Dorando Pietri, recibiría días después, una medalla de consuelo, de parte de la Reina Alexandra, esposa de Eduardo VII, y la memoria de todo el mundo olímpico.

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