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Hace poco rescaté de la basura una vieja y querida Léxicon 80 flamante y pesada. Llena de pedazos de lechuga, orines de perro y cubrebocas usados.

 

Había cuatro personas màs, haciendo fila en el basurero esperando que yo terminara mi labor, para revisar también en la basura, desde que la inflación ha mandado el país a la mierda, la cola de hurgadores de basura está más llena que nunca.

 

Así que me traje corriendo una Olivetti Lexicón abrazada, con olor a estiércol, como que fuera el objeto más querido de mi vida, escondido para que mi esposa no me tomara por loco. porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, lo que más quiero en este mundo.

 

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Pero sobre todo me fascina ésta, la Lexicon de Olivetti, porque reproduce los anhelos de mi infancia. Mil veces me levanté descalzo de una siesta y perseguí el ta-ca-tac que llegaba desde el comedor de mi madre. Cuando tenía cuatro años no había maravilla más grande que mi papá sentado frente a su Lexicon, escribiéndole cartas a la Dirección General Impositiva, mentándoles la madre por ladrones (si … desde entonces).

Yo arrastraba una silla blanca y me trepaba para verlo. La fila de hormigas elegantes que aparecía en la hoja se detenía únicamente cuando él se mordía un labio; el de abajo. Y cuando levantaba las cejas volvía el sonido de la marcha: ta-ca-tác, ta-ca-tác...

 

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Lo que más me gustaba era que llegara al final de una línea, porque el mejor de todos los ruidos era el timbre del salto de carro: había que mover el rodillo o las hormigas se podían caer, desde la hoja hasta el suelo, y podía ser fatal.

 

En aquellos tiempos lo único que yo quería de mi vida era aprender ese arte; sentía que el artefacto —macizo, gris, y más que nada poderoso— era el mejor juguete que existía sobre la tierra. Y que saber usarlo por diversión sería, por lógica, el mejor de los juegos humanos.

 

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Mi esposa, esta semana —no sé por qué telepatía— puso la Lexicon huérfana que rescaté de la basura en un sitio privilegiado de la casa, así que ahora la miro todos los días. Y cada vez que lo hago, mi cabeza vuelve a mi infancia, a la época en que oía el traqueteo en el comedor, y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia por aprender a escribir.

 

Cuando yo tenía cuatro años me fascinaba que las personas grandes se quedaran en silencio frente a las hojas incómodas delos periódicos viejos en aquellas grandes sábanas, no existía el tabloide todavìa, y que movieran los ojos para leer.

 

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Un día descubrí y me concentré en una letra (entonces no sabía que se llamaba la jota) y pensé algo demasiado enfermizo: pensé que los mayores tampoco veían nada en aquellos garabatos, y que en realidad se burlaban de mí todo el tiempo para después, a solas, divertirse a costa de mi ingenuidad.

 

Pero no hubo caso, a escondidas, escribí mis primeros cuentos, cortos y todos borroneados por la cinta de tinta en mi Lexicon vieja, mis primeras cartas a parientes y al florecer mi fascinación por mis compañeras de clases … mis primeras cartas de amor !

 

Así que mi letra, a mano, fue entrando en barrena, con la nariz para abajo, hasta volverse inentendible, porque mi lexicón vieja, cubría esas falencias … hoy quien lee algo escrito por mi a mano, no entiende nada.

 

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Yo aprendí a leer y escribir en el comedor de casa, mientras se freían las tortillas de papas de mamá en la cocina. Papà volvía de trabajar a las ocho. Y yo lo esperaba con el libro “Upa” en la mano, sentado frente a la Olivetti, para que me explicara más.

 

Ninguna noche llegó tan cansado como para decir hoy no. Cuando él abría la puerta y dejaba el portafolios en el sillón, se encontraban dos grandes obsesiones: la mía por entender, y la suya por que entendiera.

 

Hace un rato acabo de responderle a mi padre un mail, explicándole cómo hacer para encontrar un icono perdido del escaner, y cómo —usando el botón derecho— colocar el acceso directo en el escritorio. Y cada vez que le escribo estos trucos pasmados de windows, siento que le estoy devolviendo un poco de lo que me dio en 1970.

 

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Pero no voy a equilibrar nunca, ni con mil tutoriales. Porque él, sin saberlo, me enseñó las dos cosas que todavía hago con más tenacidad: leer y escribir.

 

Ahora, que en el comedor de mi casa hay una Lexicon y también con hijos, tengo delante de mis narices la única tarea fundamental de la paternidad: trasmitir pasión.

 

Y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia, esa alegría desbordada, como si otra vez tuviese cuatro años y las letras de la Lexicon fuesen garabatos por conquistar!

 

 

 

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