
En este tirón final, los últimos cuatro meses del año, los dos mundos que hablan inglés —las Islas Británicas y Estados Unidos— se empecinan en una batalla para escoger la palabra más característica del año anterior, la más frecuentada, la más ajustada a los hechos del periodo.

Esto que llamamos calentamiento global, y que nos tiene la cabeza y “el que te dije” bien tostados, comenzó a expandirse y crecer a fines del siglo XVIII, cuando no bastó la leña para impulsar las máquinas creadas por la Revolución Industrial y fue preciso acudir a la explotación masiva del dañino carbón mineral.
Es complejo, más en un país como el nuestro, donde por lo general nadie se hace cargo de nada y la culpa siempre la tiene el otro. (o “los otros” en el caso de política)

Todos los viernes escribimos, en este blog, usualmente, de política, hoy no escribiremos de política, pero si acerca del lugar hacia el cual los políticos deberían dirigirse y tirarse muy de cabeza …el inodoro.
“El agua no se le niega ni a los presos” – decía un buen amigo, cada vez que alguien le pedía en su casa, un vaso de agua, o cuando nos dedicábamos al buceo, una botellita de agua.

Nuestros padres que nos protegieron con la idea de preservar nuestra inocencia nos enseñaron a la vergüenza, aquellos que temieron nuestro cuerpo cambiante y nuestra creciente curiosidad nos enseñaron el desprecio.