Has quedado en el silencio de mi piel
En la mirada perdida, donde se fue tu rostro;
No importa mujer, que el vendaval del mundo te distraiga de tus sentimientos y aparezca un momento de olvido, en el cual las palabras de amor suelen no surgir o si lo hacen, parecen vacías y sin sentido ...
Por extraña transmutación, terminé convertido en un grano de arena, cualquiera, en una playa de las múltiples playas del planeta.
Mi vida está hecha un desastre
con tendencia a empeorar
casi nada funciona como debe
el resto funciona mal …
Siete minutos, dos horas y mil días
de simplemente no verte ...
Busco alguien, tal vez debería mal decir … extraviada
porque a decir verdad, es un amor que busco
del que no se nada …
Hablame cuando te hablo, no te hagas el pendejo, sabés bien que soy tu espejo y a mí no me podés mentir.
Mi amada Mercedes (Benz):
“Me deprimo, primo …” me balbuceaste al cel, y yo que soy tu primo, tu amigo, vine tan pronto como pude. Calma, Alma.
Soy fanático de las Leyes de Murphy, como podrá darse cuenta cualquier cristiano (musulmán, judío, budista, etc.) que lea este blog. Por lo general la “murphyología” se aplica a cosas de trabajo y similares, hoy se me ocurrió meternos más en como Murphy y su ley (“Todo lo que puede salir mal, saldrá peor”) afecta en el ámbito hogareño.