

Cuando moría el siglo pasado, exactamente en 1997, tuve conciencia de que los computadores habían llegado para quedarse. Supe también que la nueva tecnología me costaba un mundo (por no decir otra palabra), pero era mi trabajo, así que contraté un informático para que me guiara.

La señorita se llamaba Amanda, tenía el pelo largo y recogido en una cola de caballo. Llevaba una mochila pequeña en la espalda. Pasó llorando por el andén izquierdo de la estación del metro, y de las diecisiete personas que cruzó en el camino, doce la escucharon llorar claramente, porque no era un llanto contenido; era un desahogo ... desgarrador.


No le vamos a dar mucha vuelta a este asunto del teléfono fijo y quien lo creó, porque eso ya fue investigado en “La controversia sin fin … quien inventó el teléfono?” https://www.danielrucks.com/index.php/historia/495-la-controversia-sin-fin-quien-invento-el-telefono en este mismo blog.
Resulta que a la temprana edad de diez años me di cuenta que lo físico no era lo mío… era gordito, usaba lentes, brackets móviles, era pésimo jugando al fútbol y mi papá me peinaba con fleco hacia el costado con vaselina, usaba zapatos ortopédicos y carita de regalón… el combo perfecto del fracaso.
Muchas de las cosas que la tradición bíblica nos cuenta, acerca de la relación Roma Imperial - Cristianos, no tiene un asidero real tan cierto como creemos, la Historia a veces opaca el martirio y sin embargo el martirio de las primeras comunidades cristianas, fue tan o más cruel que lo que conocemos, de igual manera, tampoco la conversión de Constantino, provocó el inmediato cambio religioso de Roma.