
Soy telenófobo (fobia a los teléfonos), los detesto, todos ellos, fijos, móviles, de cabina (que ya ni hay porque se los robaron) todos y cada uno de esos pedazos de fibra de vidrio que hoy pretenden ser más inteligentes que nosotros mismos, son objeto de mi oprobio.

Para latinoamericanos, nacidos hace ya unas buenas décadas, revolución local (las nuestras, las domésticas) y el encanto de la Revolución Cubana fueron siempre el Norte Cardinal de nuestra Rosa de los Vientos Idealistas.

Al fin tenemos una excusa distinta a “yo pasando iba y estos … a saber … la agarran con uno”, que decora los noticieros de nuestras radios y TV cada vez que atrapan a un ladrón, hoy la onda son los genes.

La noticia de la Associação Chapecoense de Futebol, equipo humilde de la zona Oeste de Santa Catarina, Brasil, empujador, luchador, guerrero, que en vísperas de disputar su primera final de fútbol internacional, cae con sus sueños, ilusiones y avión a tierra, ha sonado la campana interna de nuestras emociones.
Conversaban la niña y un señor muy anciano en un cuarto del hospital, ahí estaba postrado en una cama un hombre, tenía un tubo que salía de su boca éste le ayudaba a respirar, otros tubos de plástico salían de su brazo derecho el cual le inyectaba un suero intravenoso, un aparato registraba su ritmo cardiaco y otro aparato los demás signos vitales; la niña le dijo al anciano:

Nos recontrafascina, ahora que está en cuartos de final nos emociona hasta los tuétanos, se juega a doce mil kilómetros de distancia, y por supuesto … no participa ningún equipo nacional (y de donde?).