Es como en un “Big Brother” concebido en la más febril fantasía de George Orwell, los salvadoreños somos vigilados, espiados, señalados, apuñalada nuestra privacidad a diario y sistemáticamente.

Todavía nos recuerdo, tu y yo y una amiga del lado de afuera de la puerta de juncos, avisando si alguien venia, tratando de hacer o deshacer el amor frenética y sudorosamente, mientras ahogábamos nuestros gritos y jadeos escuchando Radio Saigón.
Necesitamos tener unas gónadas del tamaño de un huevo de avestruz; el empuje y la garra de un jugador de la Selecta de Playa, es más, tres pulmones como tienen los guerreros de playa.
Supuestamente, la invención del beso se le achaca a los franceses, por aquello del “beso francés” lo que parece ser falso, según veremos … pero suena irónico que el estudio de los peligros de besarse, surjan de una investigación hecha en la misma Francia ¡!??

Con motivo de mi conocida arrogancia, prepotencia, alta estima de mí mismo y presto a acercarme a los cuarenta y cinco años, poseedor de todo el dinero y los recursos que se necesitaban, decidí perpetuarme, darme continuidad inmortal y crear (o sea no crearlo yo, sino que darle a un grupo tecnológico importante y avanzado) la tarea de crear otro yo.
Emilia, veinteañera, con la cabeza llena de sueños, estudiante universitaria y alma libre, vive de pronto encadenada a los libros, un trabajo a medio tiempo en la farmacia de la colonia, y en el resto del día, cuidar a su abuelo Jonás.